Una cita con Amanita

por Oliver Sutton

La amanita muscaria es la promesa de un estado alterado de conciencia escondida a plena vista. Con su gorra roja moteada en blanco, el también llamado matamoscas, es quizás el hongo más reconocible de todos y, como tal, ocupa un lugar especial en nuestro imaginario colectivo. De Disney a los Pitufos y hasta Super Mario pasando por los ornamentos decorativos de jardín, la imagen de la amanita muscaria parece tener una cualidad arquetípica peculiar.

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Sin embargo, es un arquetipo profundamente ambiguo. Al ser tan atractivo, no solo invita a la mera apreciación estética, sino a la posibilidad de una comunión más profunda aunque son estas mismas cualidades las que generan una alarma que advierte de su toxicidad y peligro, haciéndolo también visceralmente repulsivo. 

Se trata de un hongo venerado como sacramento por los chamanes de Escandinavia y Siberia y vilipendiado como venenoso por aquellos para quienes los hongos solo dividen en comestibles y no comestibles. Pero la división no va sólo divide de temerosos y osados sino que es extensiva a la comunidad psicodélica. Gordon Wasson, el etnomicólogo a quien se le atribuye la introducción de Psilocybe Cubensis en Occidente, lo describió en su último libro como «el enteógeno supremo de todos los tiempos», convencido de que el Soma, el sacramento descrito en los Vedas de la India era, en efecto, amanita muscaria. Por el contrario, el gran Terence Mckenna, admirador de Wasson que no se quedó corto en la experimentación con sustancias psicoactivas, lo describió como un ‘mal viaje’ aduciendo que era más probable obtener un dolor de estómago que una intoxicación extática de su consumo. La misma ambivalencia aparece reflejada en las experiencias de viaje con amanita muscaria en Youtube y en los foros de páginas como The Shroomery. También sorprende cuán relativamente olvidado está este hongo; a pesar de su prominente aparición en nuestras mitologías y medios, de ser una especie autóctona de toda Europa, y de la existente tradición europea de su uso chamánico, parece que hay pocos interesados en ingerirlo. Supongo que la razón es precisamente su ambigüedad, especialmente en lo respectivo a la toxicidad. Por eso, cuando comencé a investigar la amanita muscaria con la idea de tomarla, esto era lo que más me preocupaba.

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No hay tanta información sobre amanita muscaria como sobre hongos psilocybe y tampoco existe un nivel de consenso sobre cuestiones tales como cómo prepararlo, su toxicidad o qué esperar mientras se está bajo su influencia. Sin embargo, después de buscar en muchas webs, leer varios artículos y foros y ver y escuchar numerosas charlas y relatos diferentes, comencé a desarrollar un plan basado en la información que estaba recaudando. Lo primero que hay que decir es que parece que se ha exagerado el problema de la toxicidad. Hay muy pocos ejemplos concretos de envenenamiento por consumo de amanita muscaria. Encontré uno o dos casos en revistas científicas, dado el número de personas que deben ingerir este hongo cada año, realmente es una ocurrencia muy rara. Lo que es más común son testimonios de calambres de estómago, náuseas y / o vómitos. Parece que el vómito es común a la mayoría de las experiencias con amanita muscaria, y como tal, simplemente se debe aceptar que es un purgante al igual que la ayahuasca. 

En cuanto a los calambres estomacales y las náuseas, la mayoría de las personas informan de que estos síntomas ocurren en las primeras y que desaparecen con relativa rapidez. Existe bastante consenso en que la preparación adecuada del hongo es clave para reducir estos efectos secundarios no deseados. Comprender por qué requiere una breve mirada su farmacología: entre los ingredientes activos que contiene la amanita, los dos clave son el ácido iboténico y el muscimol. El muscimol es el componente psicoactivo, mientras que el ácido iboténico es en gran parte responsable de la toxicidad del hongo. En su estado fresco, la amanita contiene una proporción mucho mayor de ácido iboténico. Sin embargo, tanto el secado como el calentamiento del hongo catalizan un proceso de descarboxilación durante el cual el ácido iboténico se convierte en muscimol. Como consecuencia, hubo un consenso casi universal de que  la amanita muscaria no debe consumirse fresca, ya que de este modo, ingerimos una proporción mucho mayor de la toxina principal y poca sustancia psicoactiva. Parece ser que los chamanes finlandeses resolvieron esto bebiendo la orina de los renos que se alimentan de los hongos, mientras que a su vez, los aldeanos comunes bebían la orina del chamán. Afortunadamente, existen formas más sencillas de descarboxilar el ácido iboténico. 

Primero, como hemos señalado anteriormente, debemos secarlos. Luego, antes de consumirlos, podemos hacer una decocción poniéndolos en agua que se caliente justo por debajo de la temperatura de ebullición y mantenerlos a esa temperatura durante unos treinta minutos. Si bien esto probablemente no eliminará su efecto purgante, asegurará que una cantidad suficiente de ácido iboténico se convierta en muscimol para minimizar los efectos más tóxicos. Habiendo dicho todo esto, también he visto una publicación en Youtube de un usuario experimentado que insiste en que el ácido iboténico es una parte integral de la psicoactividad del hongo y que, como tal, el objetivo no debería ser eliminarlo por completo. Mi enfoque ha sido secarlo, hacer la decocción y tomarlo en dos veces, primero solo 5 gramos y 15 gramos a los pocos días, puesto que me pareció sensato tomar primero una dosis más ligera dada la reputación del hongo de ser altamente impredecible en cuanto a dosis y efectos probables. Mientras escribo esto, la decocción se está esperando en el altar de la habitación y mi compañera está avivando el fuego, no exactamente emocionada ante la perspectiva de lo que estoy a punto de hacer.

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Hablé demasiado pronto. El efecto del brebaje fue muy leve. Mis sentidos estaban un poco alterados, era notablemente más difícil concentrarme en tareas simples, mi sentido del olfato mejoró y hubo cierta distorsión en la percepción del tiempo. Pero todos estos efectos fueron bastante sutiles y no tuve la sensación de haber conectado con el hongo. Sospecho que si la infusión de 5 gramos secos ha sido tan suave, la de los 15 gramos restantes no dará lugar a un viaje poderoso. Por suerte, no experimenté náuseas ni molestias abdominales, y esto es alentador para la toma de la dosis más alta mañana. Aunque de todos modos 5 gramos fuese un viaje liviano, me pareció demasiado liviano y me pregunto por qué no fue más intenso. Una posibilidad puede ser la mezcla de hongos que utilicé. No busqué la amanita, más bien vino a mí de varias maneras. Una seta grande, seca de 9 gramos de peso, había sido recogida en Collserola, cerca de Barcelona, ​​y me la regaló una amiga hace un año. Otro amigo me trajo unas cuantas amanitas secas hace un par de meses del bosque alrededor de la casa de sus padres en Lübeck, Alemania. Y mi pareja y yo encontramos tres más mientras buscábamos un perro perdido en el bosque cerca de donde vivo en Alpens. De estas, dos eran bastante viejas y la otra era un espécimen perfecto. 

Hay una serie de variables que podrían haber influido en la potencia: la cantidad de tiempo que guardé el hongo de Collserola, el tiempo que tenían los que encontré en Alpens, o la variabilidad de la potencia de la amanita muscaria que aparece documentada en función del lugar y el tiempo en que se haya encontrado. Otra posible explicación es que algo fuese mal con la decocción aunque este método fue bastante bien documentado y reportado como efectivo. Seguí lo que parece ser el “procedimiento estándar” con amanita muscaria: piqué los hongos secos tan finamente como se pude y luego los calenté en agua que mantuve justo por debajo del punto de ebullición a fuego lento durante aproximadamente media hora. Esto debería haber funcionado, puesto que tanto el ácido iboténico como el muscimol son altamente solubles en agua. Efectivamente, la infusión resultante tenía un fuerte sabor a carne y hongos. Me preguntaba si debería haberme comido la capa de hongos que quedó después haber hecho la decocción, pero si los compuestos activos son tan solubles en agua como parece sugerir toda la literatura, no debería haber tenido mucha importancia. Otra posibilidad es que los efectos psicotrópicos no se manifiesten hasta que se haya alcanzado un umbral, y que si bien los efectos apenas se notan a los 5 gramos, el infierno se desate a los 15. Sea cual sea el motivo de la ligereza del viaje del domingo, mañana tomaré tres veces más. Si la lógica prevalece, supongo que cabría esperar una experiencia exactamente tres veces más potente que la experiencia anterior, lo cual sería aun así un viaje ligero. Sin embargo, en mi experiencia, las plantas psicoactivas no se rigen por nada lineal como la lógica. Las circunstancias en que sucede la toma tienen una gran influencia tanto en la calidad como en la potencia de la experiencia. Lo mismo puede decirse de la actitud que se adopta ante el acto de coger el hongo. Ciertamente, mi experiencia corrobora que con los hongos psilocybe, la preparación mental puede marcar la diferencia entre un viaje poderoso y rico en significado y un malestar estomacal acompañado de un sentimiento insatisfactorio de extrañeza. Con esto en mente, volví al lugar donde encontramos la amanita muscaria para pedir a su micelio que se me revelara. Me puse de rodillas y después de unos cánticos que pretendían despertar la tierra debajo de mí, me vino a la mente un encantamiento que le canté a la tierra y al bosque y también a mi futuro yo, que estaría bajo el influjo de la amanita muscaria dos días después.

“Amanita Muscaria
Amanita Muscaria,
te pido
te pido,
que te muestres
que te muestres,
a mí
a mí.”

Este es el cántico que llevaré conmigo cuando vuelva a tomar el hongo. Será maravilloso si la dosis más alta y las invocaciones que he hecho conspiran para llevarme a algún lugar inesperado. Estoy esperando a que llegue mi pareja, que quería estar presente por si la cosa se pone difícil. He hecho todo lo que he podido para prepararme para un encuentro con esta entidad, la más evasiva. Todo lo que queda es beber la decocción y estar abierto a lo que sea que pueda presentarse.

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Bebí la decocción frente al altar en nuestro jardín mientras mi compañera se ocupaba de plantar guisantes. Toqué suavemente el tambor y, casi en susurros, canté el encantamiento. Todavía calentaba el sol de la tarde y el jardín estaba bañado por el resplandor anaranjado de hora del día. Como en la ocasión anterior, me di cuenta del efecto de la amanita muscaria después de no más de veinte minutos tras la toma. Esos veinte minutos se convirtieron en una hora y media y se hizo evidente que, si bien los efectos eran ciertamente más fuertes que en la ocasión anterior, no iba a haber un salto cuántico en cuanto a efectos. La dosis era proporcionalmente más fuerte: la lógica, al parecer, había prevalecido. En términos de potencia, era equivalente a estar ligeramente colocado o un poco borracho. Pero la calidad de la experiencia no fue la misma. Después de que mi pareja terminara con los guisantes, yo concluí mis encantamientos y nos dispusimos a hacer fuego. 

En todo momento pude permanecer activo y comprometido con la tarea que tenía entre manos, pero había una cualidad un poco de ensueño en todo. Podía mirar fijamente el fuego durante largos períodos y disfrutaba de permanecer quieto y simplemente observar. Traté de identificar y formular lo que era específico de esta experiencia pero esa noche no pude hacerlo. Sin embargo, al día siguiente, cuando volvimos a trabajar en el huerto, pude articular mejor la particularidad de mi experiencia con la amanita. En primer lugar, trabajaba de manera extremadamente lenta y prefería detenerme y mirar las cosas. Era un día soleado y me senté un rato absorto viendo las hojas caer de nuestro árbol de caquis.

(El árbol de caquis)

Me encantó el juego de luces y sombras entre las hojas amarillentas y la forma en que el viento las agitaba y las hacía susurrar. Pronto se hizo evidente que todo lo que le faltaba a la amanita en términos de potencia, lo compensaba en términos de duración. Había pasado una noche entera y estaba claro que todavía estaba bajo la influencia del muscimol. Entonces pude identificar mejor qué era específico de la intoxicación por este hongo. 

Tiene un efecto soporífero pero sin embotar la conciencia o hacer que uno esté menos alerta. De hecho, la sensibilidad a la información sensorial se incrementó: los colores eran más brillantes y los sonidos más definidos, pero todo tenía la calidad de un sueño lúcido. No era fácil concentrarse en las tareas y los planes, pero sentarse, mirar y escuchar se convirtió en un fin en sí mismo y una actividad totalmente absorbente. Pasé la mayor parte de la mañana sentado en el banco mirando el árbol de kaki, leyendo esporádicamente o dormitando, pero el rastro inconfundible de la amanita era la cualidad vívida y onírica de la conciencia que lo impregnaba todo. Abandoné los planes que tenía para el resto del día y disfruté de la sensación hasta que al final de la tarde me sentí somnoliento y terminé durmiendo temprano. Solo puedo especular sobre cómo podría haber sido un viaje más potente, pero esta cualidad de ensueño se menciona con bastante frecuencia y se lleva al extremo, imagino que podría resultar en un efecto disociativo, por lo que uno ya no se identifica con lo que está haciendo, pensando o incluso sintiendo. Si tuviera la oportunidad de tomar amanita muscaria de nuevo, probablemente solo la secaría antes de comerla, saltándome la decocción, incluso si me costara un dolor de estómago. Dicho esto, no tengo prisa por repetir la experiencia. Una semana después, tomé cinco gramos de cubensis secas y, como ha sucedido tantas veces antes, disfruté de un viaje profundo, poderoso, purificante y significativo.

A date with amanita

by Oliver Sutton

Amanita Muscaria is an altered state of consciousness hiding in plain view. With its white-speckled red cap, the Fly Agaric, as it is also known, is the most recognisable of all mushrooms and, as such, occupies a special place in our collective imagination. From Disney and the Smurfs through to Super Mario and decorative garden ornaments, the image of Amanita Muscaria seems to have a peculiarly archetypal quality. 

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And yet it is a profoundly ambiguous archetype. It is profoundly attractive, inviting not merely aesthetic appreciation, but also the possibility of a deeper communion. And yet these same qualities raise an alarm that warns of toxicity and danger, making it also viscerally repellent. The mushroom itself is revered as a sacrament by the shamans of Scandinavia and Siberia and reviled as poisonous by those for whom mushrooms can be divided neatly into the edible and the inedible. It is not just the risk-averse who are divided in their evaluation of Amanita Muscaria. It also divides the psychedelic community. Gordon Wasson, the ethnomicologist who is credited with introducing Psilocybe Cubensis to the West, described it in his last book as «the supreme entheogen of all time» and was convinced that Soma, the sacrament described in the Indian Vedas was, in fact, Amanita Muscaria. The late great Terence Mckenna, an admirer of Wasson’s, and no slouch when it came to experimentation with psychoactive substances, described it as a ‘bad trip’ and as more likely to give you a bellyache than an ecstatic intoxication. The same ambivalence characterises trip reports for Amanita Muscaria on Youtube and on the forums of sites like The Shroomery. The other surprising thing is just how neglected this mushroom is, relatively speaking. In spite of it featuring so prominently in our mythologies and in our media, in spite of the fact that it is a native species across Europe, in spite of the fact that there is a European tradition of the shamanic use of this mushroom, it seems there are few takers when it comes to taking this particular little fellow. I presume that the reason for that is precisely its ambiguity, especially with regards to the question of toxicity. So, as I began to research Amanita Muscaria, with a view to taking it, it was the question of toxicity that was at the forefront of my mind.

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There is not nearly as much information on Amanita Muscaria as there is on psilocybe mushrooms and neither is there the level of consensus on such matters as how to prepare it, its toxicity or what to expect while under the influence. However, after trawling through many websites, reading various articles and forums and watching and listening to many different talks and accounts I started to develop a plan based on the information I was receiving. The first thing to say is that it seems the toxicity issue has been overstated. There are very few concrete examples of Amanita Muscaría poisoning. I came across one or two in scientific journals, but seen against the background of the numbers of people who must ingest this mushroom every year, it really is a very rare occurrence. More common is that people report stomach cramps, nausea and / or vomiting. It seems that vomiting is common to most experiences with Amanita Muscaria, and as such it must simply be accepted that it is a purgative in the same way the ayahuasca is. As for the stomach cramps and nausea, most people report that these symptoms occur in the early stages and that they pass relatively quickly. There is a fair amount of consensus that proper preparation of the mushroom is key to reducing these undesired side effects. To understand why requires a very brief look at its pharmacology. Among the active ingredients that Amanita Muscaria contains, the two key ones are ibotenic acid and muscamol. Muscamol is the psychoactive component, whereas ibotenic acid is largely responsible for the mushroom’s toxicity. In its fresh state, Amanita Muscaria contains a far higher proportion of ibotenic acid. However, both drying and heating the mushroom catalyses a process of decarboxylation during which the ibotenic acid is converted into muscamol. As a consequence there was an almost universal consensus that Amanita Muscaria should not be consumed fresh as you will end up with a far higher proportion of the principal toxin and not much of the psychoactive substance. Finnish shamans apparently resolved this by drinking the urine of the reindeer that feed on the mushrooms, whilst ordinary villagers would drink the urine of the shaman. Fortunately, there are simpler ways of decarboxylating the ibotenic acid. First, as previously noted, the mushrooms should be dried. Then, before consumption, a decoction can be made by putting them in water which is heated to just below simmering temperature and maintained at that temperature for around thirty minutes. Whilst this probably won’t eliminate their purgative effect it will ensure that enough of the ibotenic acid is converted to muscamol to minimize the more toxic effects. Having said all this, I have also seen a Youtube post by a seasoned user of Amanita Muscaria who insists that the ibotenic acid is an integral part of the psychoactivity of the mushroom and that, as such, the aim should not be to eliminate it altogether. My approach has been to dry it, create the decoction and take it in two stages. First 5 grams, followed by 15 grams in a few days time. It seems like a sensible precaution to take a lighter dose first given the mushroom’s reputation for being highly unpredictable with regards to dose and likely effects. As I write this the decoction that I have just made is waiting on the altar in my front room. My partner is stoking the fire and not exactly thrilled at the prospect of what I am about to do. In my next entry I will be able to give an account of the amanita muscaria experience, albeit on a low dose.

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I spoke too soon. The concoction that I drank had only a very mild effect. I felt slightly spaced out, it was noticeably more difficult to concentrate on simple tasks, my sense of smell was enhanced and there was some distortion of my sense of time. But all of these effects were fairly subtle and I did not get a sense of having connected with the fungus. I suspect that if the brew based on 5 dried grams was as light as that, then the brew based on the remaining 15 dried grams is not going to give rise to a powerful trip. On the positive side, I didn’t experience any nausea or abdominal discomfort, and this is encouraging for when I take the higher dose tomorrow. 5 grams was always going to be a light trip, but that seemed too light and I am wondering why it was not stronger. one possibility is the mix of mushrooms I used. I did not seek out amanita, rather it came to me in a variety of ways. One large mushroom, weighing in at 9 grams dried, was picked in Collserola, the hills next to Barcelona, and given to me by a friend one year ago. Another friend brought me a few dried Amanita Muscarias a couple of months ago from the forest around his parent’s home in Lübeck, Germany. And my partner and I found three more while looking for a lost dog in the woods near where I live in Alpens. Of these, two were rather old, and one was a perfect specimen. 

There are a number of variables that could have a bearing on potency, the amount of time I stored the mushroom from Collserola, the age of two of the mushrooms from Alpens as well as the well-documented variability in potency between Amanita Muscaria mushrooms found in different locations and at different times. The other possible explanation is that something went wrong with the decoction. This is a method that has been fairly well documented and reported to be effective. I followed what seems to be as close to a ‘standard procedure’ as one can find with Amanita Muscaria- chopping the dried mushrooms as finely as I could and then heating them in water that I kept just below simmering temperature for about half an hour. This should have done the trick as both Ibotenic acid and muscamol are reported to be highly soluble in water. The resulting brew certainly had a strong meaty-mushroomy taste. I wondered whether I should have eaten the mushroom mulch that remained after the decoction was complete, but if the active compounds are as water-soluble as all the literature seems to suggest, this shouldn’t have made much difference. Another possibility is that the psychotropic effects do not show themselves until a threshold has been achieved, and that while the effects are hardly noticeable at 5 grams, all hell might break loose at 15. Whatever the reason for the lightness of the trip last Sunday, I will be taking three times as much tomorrow. If logic prevailed then I suppose I could expect an experience exactly three times more potent than that previous experience, which would still be no more than a light trip. However, in my experience psychoactive plants are not governed by anything so linear as logic. The circumstances in which you take them has a big influence on both the quality and the potency of the experience. The same can be said for the attitude that one adopts to the act of taking the mushroom. It has certainly been my experience that with psilocybe mushrooms mental preparedness can make the difference between a powerful and richly meaningful journey and an upset belly accompanied by an unsatisfying feeling of uncanniness. With this in mind, I returned to the place where we found the Amanita Muscaria to appeal to its mycelium to reveal itself to me. I got down on my hands and knees and after some low vocalisations aimed at awakening the earth beneath me, an incantation came to me which I chanted to the earth and to the forest and also to my future self who would be taking the Amanita Muscaria two days hence. 

Amanita Muscaria
Amanita Muscaria,
I’m asking you
I’m asking you,
To show yourself
To show yourself,
To me
To me.

So, this is the chant that I will carry with me when I take the mushroom again later this afternoon. It would be wonderful if the higher dose and the invocations that I have made conspire to take me some place that I could never have anticipated. I’m waiting for my partner to arrive, she wanted to be present in case things should get challenging. I’ve done what I can to prepare for an encounter with this most evasive of entities. All that remains is to drink down the decoction and be open to whatever it is that might present itself.

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I drank down the decoction in front of the altar in our garden while my partner busied herself with planting peas. I gently beat the drum and, almost under my breath, chanted the incantation I had prepared. There was still warmth in the late afternoon sun and the garden was bathed in the orange glow that is common at that time of day. As on the previous occasion, I became aware of the effect of the Amanita Muscaria after no more than twenty minutes. As twenty minutes became one and a half hours, it became obvious that, whereas the effects were certainly stronger than on the previous occasion, there was to be no quantum leap in terms of the effects. Rather, it was proportionally stronger- logic, it would seem, had prevailed. In terms of potency, it was the equivalent to being lightly stoned or a bit drunk. But the quality of the experience was not the same. After my partner had finished with the peas and I was done with my incantations, we set about making a fire. I was always able to remain active and engaged with the task at hand, but there was a slightly dream-like quality to everything. I could gaze for long periods into the fire and enjoyed remaining still and simply observing. I tried to identify and formulate what was specific to this experience with Amanita Muscaria, but that evening I was unable to do so. It was the next day however, when we were back working in the vegetable garden that I was better able to articulate the particularity of my Amanita experience. Firstly, I was extremely sluggish while working, preferring to stop and gaze at things. It was a bright sunny day and I sat for a long while absorbed in watching the leaves fall from our kaki tree. 

(The kaki tree)

I delighted at the play of light and shadow amongst the yellowing leaves and the way the wind caused them rustle and wave. It soon became apparent that whatever the Amanita had lacked in terms of potency, it made up for in terms of longevity. A whole night had passed and I was clearly still under the influence of the muscamol. What’s more I was better able to identify what was specific to the intoxication on this mushroom. It was a soporific, but not in the sense of dulling awareness or making one less alert. In fact, sensitivity to sensory input was heightened- the colours were more brilliant and the sounds more sharply defined, but everything had the quality of a lucid dream. It was not easy to concentrate on tasks and plans, but sitting and watching and listening became an end in itself and a fully absorbing activity. I spent most of the morning sitting on the bench gazing at the kaki tree, sporadically reading or dozing off, but the unmistakable trace of the Amanita was the vivid, dreamlike quality of awareness which suffused everything. I abandoned any plans I had for the rest of the day and enjoyed the sensation until by late afternoon it had taken on the more familiar quality of drowsiness and I ended up getting an early night. I can only speculate as to what a more potent trip might have been like, but this dream-like quality is quite frequently mentioned and taken to an extreme I imagine that it could result in a dissociative effect, whereby one no longer identified with what one is doing, thinking or even feeling. Should I have the opportunity to take Amanita Muscaria again, I would probably only dry it before eating it, skipping out the stage of making a decoction, even if it were to cost me an upset belly. That said, I will be in no rush to repeat the experience. A week later I took five grams of dried Cubensis mushrooms and, as has happened so often before, I enjoyed a deep, powerful, meaningful and cleansing trip.